El crimen más terrible
Antonieta observaba el reloj que se encontraba frente a ella. El segundero había avanzado cada vez más despacio hasta convulsionarse, como la pata de una araña que hubiera sido arrancada violentamente. Después se había detenido por completo, anunciando la muerte del tiempo.
El pasillo traía el murmullo de unas risas lejanas. Eran los niños que jugaban afuera, ignorantes de la muerte del tiempo. Ignorantes también del terrible crimen de Antonieta, la causa por la que ella se encontraba en ese momento, fuera del tiempo, sentada en esa fría banca, aferrándose a su asiento con sus deditos. Temía que, si se soltaba, el universo se rompería.
Por un momento pensó que tal vez sería mejor vivir en un universo hecho pedazos ahora que el tiempo había muerto, y no enfrentarse a lo que le esperaba al otro lado de la puerta. La consecuencia de su terrible crimen, la causa de esa culpa que repiqueteaba en su nuca como un pájaro carpintero que se hacía cada vez más fuerte.
Desde el otro lado de la puerta llegaba un sonido persistente, tal vez eran cientos de picos chocando contra unas piedras. Luego venía el sonido de un carro siendo arrastrado y después venían nuevamente los picos. Así debía sonar el infierno, como una mina.
Antonieta quería alejarse de ese lugar y correr hacia las flores del jardín. Pensó en lo mucho que le gustaba hablarles y contarles sus secretos, sabiendo que nunca los revelarían. Luego recordó en cómo se marchitaban cuando les contaba cosas tristes. Seguramente todas morirían si les confesara lo que había hecho.
Una lágrima escurrió por su cara y fue a caer en uno de sus zapatos. Entonces se dio cuenta de que sus calcetas estaban sucias. A su madre no le gustaba que se ensuciara. Y a su padre le molestaría verla llorar. Después de su crimen no podrían amarla. Estaba a punto de llorar. Entonces se dio cuenta de que el sonido de los picos había cesado. La puerta se abrió. La hora de su sentencia había llegado.
Un hombre muy alto la llamó con una voz seria desde el otro lado de la puerta. Ella se limpió las lágrimas con sus mangas y se levantó. Cada paso que daba hacia la puerta le parecía más pesado. Sintió que su estómago intentaba subir y esconderse detrás del corazón. Pero su corazón se estaba encogiendo, no sería capaz de esconderlo.
En un instante que le pareció violento, la puerta se cerró detrás de ella. Ahora estaba exiliada del mundo. El hombre alto la invitó a sentarse en la silla que estaba frente al escritorio. Antonieta caminó hacia el escritorio, observando la guillotina que descansaba sobre él. Observó los cadáveres de las hojas que estaban acomodados en el cesto de basura e imaginó que su cabeza acabaría ahí mismo. Mientras caminaba sentía que podía escuchar los gritos de sus padres y de los maestros a quienes había decepcionado.
Antonieta se sentó en la silla. Escuchó el sonido de un segundero. En la pared colgaba un reloj que todavía no sabía que el tiempo había muerto. La niña puso sus manos sobre sus piernas y miró al hombre mientras acomodaba la máquina de escribir que estaba frente a él, junto a la guillotina.
El hombre se sentó detrás del escritorio, se arregló la corbata con los dedos y se aclaró la garganta. Luego miró a Antonieta con un gesto de desaprobación y puso los dedos sobre la máquina. Golpeó las teclas, A N T O N I E T A, cada una sonaba como un pico golpeando una piedra.
El hombre siguió escribiendo. Tal vez escribía el crimen de Antonieta, tal vez su sentencia. Pero ese momento le pareció tan largo a Antonieta que creyó que se quedaría ahí, escuchando el sonido de los picos y el correr del carro hasta que ella misma, al igual que el segundero, se retorciera unos instantes antes de su muerte.
El sonido de la máquina se detuvo. El hombre suspiró. Miró a Antonieta a los ojos. Ella sintió que el hombre crecía detrás del escritorio y le pareció ver un destello rojizo en la cara del hombre.
“No hiciste la tarea”. Dijo finalmente el hombre mientras Antonieta leía la placa que estaba sobre el escritorio: Director.