La quitapenas

Fue un impulso que todavía no logro comprender lo que me llevó a hablarle a esa mujer que estaba parada en la esquina. Mentiría si dijera que no sabía a qué se dedicaba, pues resultaba obvio. Me dijo el precio sin rodeos. No supe qué hacer.

“No hago descuentos”. Me dijo.

Saqué la cartera frente a ella. Diría que ese fue mi primer error, pero en realidad se trataba del tercero. Mientras escogía los billetes, para pagarle la cantidad que había dicho, su rostro cambió rápidamente de un evidente hastío a una pícara sonrisa.

Nunca había hecho algo como eso, así que la llevé al único lugar que conocía: mi casa. Al entrar le ofrecí algo de tomar. Ella esperó a que yo tomara primero y dijo que no tomaría nada hasta que yo fuera en la segunda copa. Yo ya llevaba varias antes de notar que ella seguía con la primera.

Le conté toda mi vida, como si se tratara de una de esas muñequitas quitapenas que tanto le gustaban a mi abuela. No sé en qué momento me quedé dormido.

Cuando desperté mi casa estaba vacía. En otras circunstancias me hubiera sentido desconsolado, pero en esos momentos solamente podía sentirme tranquilo y feliz porque se había llevado todas mis penas con ella… ya no había nada en ese lugar que pudiera traerme malos recuerdos.