La quitapenas

Fue un impulso que todavía no logro comprender lo que me llevó a hablarle a esa mujer que estaba parada en la esquina. Mentiría si dijera que no sabía a qué se dedicaba, pues resultaba obvio. Me dijo el precio sin rodeos. No supe qué hacer.

“No hago descuentos”. Me dijo.

Saqué la cartera frente a ella. Diría que ese fue mi primer error, pero en realidad se trataba del tercero. Mientras escogía los billetes, para pagarle la cantidad que había dicho, su rostro cambió rápidamente de un evidente hastío a una pícara sonrisa.

Nunca había hecho algo como eso, así que la llevé al único lugar que conocía: mi casa. Al entrar le ofrecí algo de tomar. Ella esperó a que yo tomara primero y dijo que no tomaría nada hasta que yo fuera en la segunda copa. Yo ya llevaba varias antes de notar que ella seguía con la primera.

Le conté toda mi vida, como si se tratara de una de esas muñequitas quitapenas que tanto le gustaban a mi abuela. No sé en qué momento me quedé dormido.

Cuando desperté mi casa estaba vacía. En otras circunstancias me hubiera sentido desconsolado, pero en esos momentos solamente podía sentirme tranquilo y feliz porque se había llevado todas mis penas con ella… ya no había nada en ese lugar que pudiera traerme malos recuerdos.

Paetredeus

Una infinita oscuridad viscosa me rodeaba cuando empecé a existir. Estar en aquella sustancia primitiva provocaba un éxtasis continuo, una paz total.

Esa sustancia que moría y se renovaba a sí misma con cada respiro. Esa deidad antigua y sin nombre de la que proceden todas las cosas.

Una sustancia que hubo de transformarse hasta ser la Creación que es ahora. La obra perfecta, sigue siendo esa sustancia, aquella que se renueva a cada instante, ahora con una diversidad de colores y formas. Materia y energía, procedentes de la sustancia oscura. Porque en un principio todo proviene de la misma cosa infinita y al final tal vez volverá a serlo.

Maravillosas fueron las explosiones e implosiones, asombrosa fue la aparición de los colores y majestuoso el nacimiento de las estrellas.

Las primeras formas, abstractas e inconsistentes conformaron los astros, las piedras viejas que flotan en el universo.

El universo, siempre en movimiento, los astros en su ininterrumpida danza. Los planetas girando alrededor de los viejos soles como si los veneraran.

Recuerdo la primera vez que me posé sobre algo sólido como si se tratara de un sueño borroso y lejano. El tiempo en el que vagaba solo, recorriendo la Creación en busca de alguien más, de otro como yo, de alguien con quien pudiera compartir lo que había visto. Pero por mucho tiempo no hubo nadie, adonde quiera que fuera piedras y polvo eran lo único existente.

No puedo afirmar que soy el más viejo de todos los seres, y dudo mucho que lo sea. Cuando comencé a existir la sustancia era lo único presente, sumergidos en ella debieron estar aquellos que se reclaman como Antiguos primitivos, pero en mi largo vagar no encontré mas que rastros dejados por seres que nunca pude ver. Y a éstos Antiguos primitivos los encontré cuando la vida comenzaba ya a poblar la Creación.

Además me niego a creer que la sustancia oscura fuera el principio de todo. Aunque es cierto que lo que sea que la creó, o de donde sea que haya procedido ya no existe más.

Algunos proponen que la sustancia tiene un periodo y que cada determinado tiempo se vuelve la oscura viscosidad infinita, solo para volver a convertirse en la Creación. Y si eso es cierto entonces todo cuanto existe es renovado cada ciclo, de forma que nosotros seríamos los más antiguos de éste.

No he encontrado a seres que pertenezcan a un tiempo anterior, pero si todo cuanto existe se renueva cada vez, entonces la materia y energía que nos conforma sufren el mismo destino que el resto de las cosas. Entonces no es posible que exista alguien que  pueda contemplar la belleza de la renovación de la Creación.

 De cualquier manera nos vemos obligados a suponer lo que es sin tener nada que nos pueda dar una respuesta certera.

Tal vez cuando la siguiente renovación llegue pueda comprenderlo todo.

Lágrimas de felpa

Su puerta se abrió en medio de la noche. El picaporte dio un golpe seco contra la pared y las voces del pasillo entraron cabalgando sobre gritos en la habitación. Los párpados de la niña se abrieron tanto que parecía que sus ojos iban a escapar y su boca se cerró con tal fuerza que podía sentir que su mandíbula crujía.

Una lámpara en la sala emitía la única luz que iluminaba la casa esa noche. Un par de sombras se proyectaban contra la pared que quedaba justo frente a su puerta. La figura más grande se torcía sobre la más pequeña moviendo las manos como si quisiera destruirla, la figura pequeña parecía querer estirarse, se defendía y se agitaba con violencia.

Su padre caminaba de un lado a otro sin dejar de gritar palabras que ella tenía prohibido decir. Tomaba cosas de aquí y de allá y las arrojaba a una maleta que ya contenía más cosas de las que podía aguantar. Su madre lloraba de rabia y se apretaba los puños contra el cuerpo mientras gritaba otras palabras que tampoco le era permitido usar.

Ambos se pararon un momento frente a la puerta. Su padre decía que quería despedirse de la niña, su madre decía que no lo permitiría. Él gritaba que era su derecho, ella que un hombre así no tenía derecho a acercarse a una niña tan pura e inocente. Luego más gritos, palabras de adultos que ella no comprendía.

Las figuras se convirtieron en sombras. La puerta de la calle se abrió, el ruido de una maleta derramando su contenido sobre la habitación, más gritos. Pasos pesados dentro y fuera de la casa. Cosas golpeándose en la habitación de sus padres. El ruido de un motor. Llantas rechinando. El grito de un vecino. Más voces que se escuchaban como susurros desde la sala. La puerta de la calle cerrándose. Silencio.

La niña se aferró a sus cobijas. Buscó a su oso de peluche, pero no estaba junto a su almohada. Al moverse, las lágrimas que se habían ido juntando en sus ojos le escurrieron por toda la cara. Se quedó inmóvil un rato, sentía que debía llorar, pero no podía. Necesitaba a su oso. Comenzó a buscarlo entre las cobijas y debajo de la cama, pero no estaba ahí. De pronto lo vio tirado boca abajo. Estaba atrapado entre la cama y el buró. Pensó que debía estar aterrado y estiró el brazo para alcanzarlo. Las lágrimas no dejaban de escurrir de sus ojos y alcanzaron el lomo del oso.

Cuando logró tomarlo lo llevó hasta su lado y se metió debajo de las sábanas. Lo abrazó con toda la fuerza que tenía y supo que estaba tan asustado como ella pues estaba lleno de lágrimas. Se reconfortaron el uno al otro, se prometieron ser valientes y salieron de la habitación tomados de la mano. Caminaron hasta la sala, la puerta que daba a la calle estaba entreabierta y podían escuchar varias voces susurrando. Su madre estaba afuera hablando con los vecinos.

Decidió sentarse en el sillón y prender la televisión. Un hombre estaba hablando sobre la aspiradora más maravillosa del mundo, capaz de deshacerse de toda la mugre y alcanzar los lugares más difíciles. Se preguntó si podría llevarse las lágrimas y hacer que todos fueran felices de nuevo.

Su madre entró en la sala y cerró la puerta detrás de ella. Se le acercó y la abrazó con la misma fuerza con la que ella había abrazado a su oso hace un rato. El oso quedó atrapado en medio de las dos, no podía dejar de llorar.

La niña preguntó por su padre. Su madre le contestó que él no volvería esa noche. Luego preguntó que cuándo volvería, su madre le dijo que debían ir a dormir. Esa pregunta sería respondida años después con una carta de un hombre que se disculpaba por su ausencia y hablaba de orgullo con palabras vacías.

Corazón flojo

Hoy intenté arrancarme el corazón. Desperté con la extraña sensación de que estaba un poco flojo. Al principio no le di importancia, pero a medida que fue avanzando el día, la sensación se fue haciendo cada vez más molesta. Comencé a empujarlo un poco de manera inconsciente, para tratar de acomodarlo en su sitio. Después de un rato empecé a sentir que su sitio ya no estaba dentro de mi pecho.

A medio día la molestia se volvió insoportable y decidí que lo mejor sería arrancarlo. Empecé jalando un poco las arterias intentando que se desprendiera, pero cada movimiento era más doloroso que el anterior. Pensé entonces que debía arrancarlo de golpe. Me acerqué a una chica que me pareció fascinante. Era una de esas chicas que no pueden evitar romper los corazones de los hombres. Amarré mi corazón a sus ojos con un listón de seda y esperé a que se alejara.

Cuando se fue sentí un tirón tan fuerte que creí que mi corazón se había desprendido. Pero en lugar de eso me quedé con un corazón desgarrado que colgaba de mi pecho sostenido solamente por un pequeño pedazo de carne hinchado. El dolor se hizo insoportable al punto en el que la más ligera brisa de aire me provocaba sensaciones punzantes.

Pasé las últimas horas de la tarde intentando ignorar el dolor, pero fue inútil. El dolor se fue haciendo cada vez más intenso. Por un momento creí que el sufrimiento me mataría. Se me cerró la garganta y no fui capaz de respirar. Mi visión comenzó a cerrarse hasta que todo se hizo negro. Empecé a sentir tanto frío que creí que me rompería por completo. Entonces el dolor desapareció y junto con él todos mis malestares.

Descubrí un trozo de carne negro tirado frente a mí. Era mi corazón que se había desprendido al fin. Hace tiempo que no me sentía tan tranquilo. Sé que esta noche dormiré muy bien.

Canción rota

Esta mañana se rompió el frasco donde guardaba mi canción favorita.

Pude escucharla una última vez mientras se escapaba entre los vidrios rotos. He pasado toda la tarde tarareando la canción para no olvidarla. Una y otra vez la canto en mi cabeza, intento mantener cada nota en su lugar, igual a la primera vez que la escuché. Tengo miedo de salir de mi habitación, temo que si escucho por accidente alguna otra melodía me haga olvidarla.

Quisiera poder preservar la canción de alguna manera. Quisiera que una mosca viniera y atrapara las notas que han quedado dispersas en el aire, para luego tocarlas con sus alas. Hasta que una araña se la comiera y luego tocara la canción con su telaraña hasta que se rompiera y la canción volara nuevamente. Quisiera que un ave se comiera la canción esparcida en el viento y viniera a cantarla todas las mañanas en mi ventana, hasta que se lo comiera un gato y el gato maullara la canción todas las noches en la acera frente a la casa. Y que luego el gato cantara la canción una última vez, susurrándola en mis oídos mientras me quedara dormido por última vez antes de abandonar la vida.

Me niego a pensar que la canción pudiera perderse para siempre, mantengo la ventana cerrada con la esperanza de que las notas aún estén por ahí, en el aire de mi habitación. Intentaría encender el ventilador para que tocara las notas, pero me temo que están desordenadas, y escucharlas así podría hacerme olvidar el orden correcto.

Ha empezado a anochecer y empiezo a olvidar pequeñas frases de la canción. Tengo miedo, creo que si me quedo dormido la olvidaré. Me aterra la idea de no volver a escucharla nunca. Desesperado comienzo a caminar en la habitación, agitando las notas. Por accidente puse el pie descalzo sobre uno de los vidrios rotos y me he cortado. Una de las notas había quedado atrapada debajo del vidrio y pude sentir como se metía entre el corte y se colaba en mi piel hasta llegar a mi sangre. Ahora cada vez que pasa por mi corazón puedo escuchar la nota.

Ahora que he encontrado un método para guardar las notas he tomado los vidrios de mi cuarto, algunos guardaban notas como el primero. Mi corazón empieza a tocar fragmentos de la canción con cada corte. Aquellas notas que revoloteaban en el aire se han pegado a mi piel al escuchar los acordes que suenan con cada latido. He cortado mi piel con los vidrios para permitirles entrar.

La canción está casi completa. Mi corazón interpreta las notas con un placer singular. Cada vez suena más lento, más pausada. Como si mi corazón quisiera darle espacio a cada nota y a cada acorde para que pudieran quedar grabados en él.

Realicé el último corte con una perfección implacable a pesar de la poca fuerza que quedaba en mis dedos. Escuché la canción completa otra vez, y después de eso volvió a empezar desde el principio, cada nota dura más que la anterior, cada vez la canción se vuelve más lenta. Escuchándola así no logro entender por qué me gustaba tanto, es un sonido deprimente. Si la canción sonara más rápido, tal vez volvería a gustarme, me gustaría escucharla otra vez, como la escuché la primera vez. Pero eso no volverá a pasar.

La fábrica de tabiques

Era un domingo soleado y, como todas las semanas, era el día de visitar la granja de sus abuelos. Su padre manejó por el bien conocido camino. Durante el viaje jugó con su hermana a contar carros rojos, mientras que su madre cantaba junto con las canciones del radio.

Finalmente llegaron a la granja más allá del lago. La casa de los abuelos. Ahí estaba su abuela, recibiéndolos con su sonrisa sin fin, sostenía una gallina en sus brazos, era un día especial y esa gallina había sido elegida de entre las otras para convertirse en la cena.

Cuando bajaron del auto hubo ese acostumbrado temblor en el piso. Era Rambo, el gran danés que venía a saludar, y detrás de él estaba Tatú, su eterno compañero, quien era un pequeño terrier. Ambos estaban felices de verlo y se lo demostraron con sus saludos babosos.

Su abuelo se encontraba en su taller de arte, dentro de la gran construcción que se erguía en medio del campo rojo. El edificio había sido una fábrica de tabiques, pero ahora todo lo que quedaba de aquellos días era la arcilla roja.

Sus tíos y sus primos llegaron más tarde. Sus tíos fueron con sus padres a la cocina para preparar la cena. Sus primos se llevaron a su hermana a recoger las verdolagas que crecían detrás de la fábrica. Pero él tenía solamente cinco años y, como siempre, lo dejaron solo.

Todos los domingos eran una nueva aventura para él. Encontrar a los topos en sus hoyos, huir de las serpientes, jugar con los guajolotes y las gallinas. Pero había algo que nunca podía dejar pasar. Como todas las semanas fue al carrizal que estaba a un lado de la fábrica y tomó uno de los carrizos. No era una espada lujosa para un caballero, pero funcionaba.

De pronto se detuvo. La puerta de la fábrica estaba abierta. Él nunca había visto el interior del edificio, los mayores siempre hablaban de lo peligroso que era entrar ahí. Tenía prohibido entrar. Pero tenía su carrizo, era un caballero y estaba preparado para enfrentar cualquier cosa que se encontrara adentro. Así que entró en la fábrica de tabiques.

Había polvo rojo en todas partes, trató de no toser, pero era inevitable. Siguió caminando mientras veía los rayos de la luz del sol que se colaban por las ventanas. El lugar parecía un castillo abandonado, pero no estaba abandonado, alguien o algo lo estaba observando.

Preparó su carrizo y dio la vuelta. No estaba listo para ese encuentro. Ante él había algo enorme.  Era más grande que cualquier otra cosa que hubiera visto. Tenía el cuello largo, como el de una jirafa. Su cuerpo y su cabeza estaban cubiertos por una tela teñida de rojo por el polvo. Tembló ante el dragón. Sabía que su carrizo no sería útil contra semejante enemigo, así que lo arrojó y corrió.

Se había fallado a sí mismo como caballero, pero no llevaba una brillante armadura y no tenía escudo, tal vez eso sería excusa suficiente y no sería expulsado de la orden de los caballeros.

Después de probar con varios cuartos cerrados finalmente encontró un refugio, el taller de su abuelo. Su abuelo estaba ahí, pintando un cuadro de un gallo en la cima de un cerro. Su abuelo dejó a un lado su pincel y lo abrazó mientras preguntaba qué hacía un niño tan pequeño solo en ese lugar. Pero no había tiempo para explicar, el dragón estaba detrás de la puerta.

Su abuelo no se sorprendió con el descubrimiento del dragón. Le explicó que desde hace muchos años había dejado de ser peligroso. No se había movido desde que la fábrica había cerrado. Se llamaba Grúa, y lo habían abandonado porque era muy viejo, así como lo habían dejado a él por ser demasiado joven.

El crimen más terrible

Antonieta observaba el reloj que se encontraba frente a ella. El segundero había avanzado cada vez más despacio hasta convulsionarse, como la pata de una araña que hubiera sido arrancada violentamente. Después se había detenido por completo, anunciando la muerte del tiempo.

El pasillo traía el murmullo de unas risas lejanas. Eran los niños que jugaban afuera, ignorantes de la muerte del tiempo. Ignorantes también del terrible crimen de Antonieta, la causa por la que ella se encontraba en ese momento, fuera del tiempo, sentada en esa fría banca, aferrándose a su asiento con sus deditos. Temía que, si se soltaba, el universo se rompería.

Por un momento pensó que tal vez sería mejor vivir en un universo hecho pedazos ahora que el tiempo había muerto, y no enfrentarse a lo que le esperaba al otro lado de la puerta. La consecuencia de su terrible crimen, la causa de esa culpa que repiqueteaba en su nuca como un pájaro carpintero que se hacía cada vez más fuerte.

Desde el otro lado de la puerta llegaba un sonido persistente, tal vez eran cientos de picos chocando contra unas piedras. Luego venía el sonido de un carro siendo arrastrado y después venían nuevamente los picos. Así debía sonar el infierno, como una mina.

Antonieta quería alejarse de ese lugar y correr hacia las flores del jardín. Pensó en lo mucho que le gustaba hablarles y contarles sus secretos, sabiendo que nunca los revelarían. Luego recordó en cómo se marchitaban cuando les contaba cosas tristes. Seguramente todas morirían si les confesara lo que había hecho.

Una lágrima escurrió por su cara y fue a caer en uno de sus zapatos. Entonces se dio cuenta de que sus calcetas estaban sucias. A su madre no le gustaba que se ensuciara. Y a su padre le molestaría verla llorar. Después de su crimen no podrían amarla. Estaba a punto de llorar. Entonces se dio cuenta de que el sonido de los picos había cesado. La puerta se abrió. La hora de su sentencia había llegado.

Un hombre muy alto la llamó con una voz seria desde el otro lado de la puerta. Ella se limpió las lágrimas con sus mangas y se levantó. Cada paso que daba hacia la puerta le parecía más pesado. Sintió que su estómago intentaba subir y esconderse detrás del corazón. Pero su corazón se estaba encogiendo, no sería capaz de esconderlo.

En un instante que le pareció violento, la puerta se cerró detrás de ella. Ahora estaba exiliada del mundo. El hombre alto la invitó a sentarse en la silla que estaba frente al escritorio. Antonieta caminó hacia el escritorio, observando la guillotina que descansaba sobre él. Observó los cadáveres de las hojas que estaban acomodados en el cesto de basura e imaginó que su cabeza acabaría ahí mismo. Mientras caminaba sentía que podía escuchar los gritos de sus padres y de los maestros a quienes había decepcionado.

Antonieta se sentó en la silla. Escuchó el sonido de un segundero. En la pared colgaba un reloj que todavía no sabía que el tiempo había muerto. La niña puso sus manos sobre sus piernas y miró al hombre mientras acomodaba la máquina de escribir que estaba frente a él, junto a la guillotina.

El hombre se sentó detrás del escritorio, se arregló la corbata con los dedos y se aclaró la garganta. Luego miró a Antonieta con un gesto de desaprobación y puso los dedos sobre la máquina. Golpeó las teclas, A N T O N I E T A, cada una sonaba como un pico golpeando una piedra.

El hombre siguió escribiendo. Tal vez escribía el crimen de Antonieta, tal vez su sentencia. Pero ese momento le pareció tan largo a Antonieta que creyó que se quedaría ahí, escuchando el sonido de los picos y el correr del carro hasta que ella misma, al igual que el segundero, se retorciera unos instantes antes de su muerte.

El sonido de la máquina se detuvo. El hombre suspiró. Miró a Antonieta a los ojos. Ella sintió que el hombre crecía detrás del escritorio y le pareció ver un destello rojizo en la cara del hombre.

“No hiciste la tarea”. Dijo finalmente el hombre mientras Antonieta leía la placa que estaba sobre el escritorio: Director.

El ser en la jungla

No recuerdo los motivos que me llevaron a escapar de casa.

Tal vez un enfado, posiblemente el sentimiento de asfixia provocado por la interminable rutina. Una imperiosa necesidad de buscar la respuesta a una pregunta que nunca se hizo. Ahora estaba perdido en medio de la jungla que, con el paso de los años, había recuperado su dominio sobre la ciudad. Aún podían adivinarse las formas de los edificios y los vehículos que habían quedado sepultados por la vegetación. Cosas que nunca conocí realmente y que solo he visto en videos viejos en la biblioteca.

Alguna vez este lugar se llenó con ruidos de diversos motores y el bullicio de voces que se mezclaban sin armonía. Ahora solo existen los murmullos de la jungla, el zumbido incesante de los insectos, los eventuales cantos de las aves y el tranquilizante sonido del viento empujando a la vegetación. Esa orquesta tenía un efecto hipnótico que pronto me hizo olvidar los motivos que me habían llevado hasta ahí.

Cientos de ojos me vigilaban desde el anonimato que proporcionaba la maleza, todas esas presencias pendientes de mi torpe andar en el terreno irregular, pero había un par de ojos que me seguían con una particular curiosidad. El dueño de esos ojos pareció olvidar toda precaución que se le debe a un extraño, el sonido de las hojas secas crujiendo detrás de mí confirmó que la figura estaba apenas a unos pasos de distancia. Pude escuchar su respiración justo antes de darme vuelta y encontrarme de frente con la criatura.

No puedo calcular el número de pensamientos que arremetieron contra mí cuando nos encontramos frente a frente, sin embargo, la mezcla de terror y asombro que me provocaba aquel ser me impedía llegar a una conclusión clara. El parecido entre nosotros resultaba imposible de ignorar, ciertas palabras que alguna vez leí surgieron de entre mis recuerdos, “a nuestra imagen y semejanza”.

Cuando su dedo me tocó quise poder llorar. Nos parecíamos tanto que sentí la inmediata sensación de responder a tal gesto, pero el asombro me impidió hacerlo. Sin embargo, había algunas diferencias que me inquietaban todavía más. La primera es que la criatura estaba cubierta de pelo casi en totalidad, la segunda era la proporción de sus extremidades, pues sus brazos eran más largos que los míos y sus piernas más cortas; y la última es que ese ser respiraba.

De pronto dio la vuelta y se perdió nuevamente en la espesura de la jungla, el sonido de unos pasos detrás de mí lo había asustado.

Te he estado buscando por todas partes, dijo mi hermano cuando llegó junto a mí. He visto a un humano, he conocido a nuestros creadores, le dije posando mis ojos sobre él. Los humanos están extintos, ese era un orangután. Me respondió esbozando una sonrisa mientras dábamos vuelta para regresar a casa.