El nacimiento de Coel, parte 3

No estaba en mi mejor momento. Las medicinas me habían ayudado a dormir a pesar del hipo, pero el descanso que proporcionaban no era el ideal. El dolor provocado por los espasmos era tan molesto que se había vuelto insoportable y mi esófago estaba irritado porque el hipo me seguía obligando a vaciar el estómago cada vez que intentaba comer. Los medicamentos y la falta de alimento me mantenían en un estado constante de aletargamiento.

Para ese momento ya me sentía desesperado. El tratamiento que me había mandado el gastroenterólogo ya había comenzado a hacer efecto, pero el alivio que generaba era mínimo. El hipo se había convertido en una tortura constante que parecía que nunca tendría fin. Yo solo quería que se detuviera. Esa desesperanza fue la que me llevó a cometer el error.

Fue en ese momento que llegó la recomendación de ir a una sesión de acupuntura. Nunca había tomado un tratamiento de ese tipo, pero en mi cabeza sonaba como un remedio maravilloso que tal vez sería capaz de detener el hipo de una vez por todas. Saqué una cita con la doctora, que además se dedica a la medicina homeópata, y me dijo que me atendería el sábado.

El universo trató de detenerme, pero lo ignoré, como uno suele hacer en esos casos. La primera señal que me dio fue la dificultad para dar con el lugar. Mi papá me llevó a la cita y no es fanático de usar el GPS, manejar es una de esas cosas que todavía le gusta hacer a la antigua. La referencia que le dieron estaba bastante lejos del lugar y requirió una llamada telefónica para dar por fin con el consultorio.

La doctora atendía en su casa, en la que había adaptado un cuarto para atender a sus pacientes. La segunda señal del universo fue la incomodidad que me hizo sentir ese espacio con esos sillones viejos y la falta de higiene. La mascota de la doctora, una perrita, decidió hacer pipí justo en la entrada de la sala de espera y nadie acudió a limpiar.

La tercera señal fue casi un grito. Adentro del consultorio la perrita también había hecho sus necesidades, pero ahí habían sido sólidas (qué envidia). Y la paciente anterior había pisado una parte y aquello estaba batido en el piso. Cuando le señalé a la doctora lo que había acontecido ella lo limpió usando solamente un papel como si fuera algo a lo que ya estaba acostumbrada y no fuera poco higiénico.

El consultorio estaba decorado con cientos de figuras de angelitos y yo solo pude imaginar la cantidad de polvo que se había ido almacenando sobre ellos. La doctora salió a deshacerse del papel y su contenido, y ese debió ser el momento ideal para hacerle caso a las señales y salir corriendo. Pero me quedé. La idea de que el hipo fuera a desaparecer mágicamente al insertar las primeras agujas era demasiado buena como para renunciar en ese momento.

La doctora regresó, mi papá contestó las preguntas del interrogatorio y luego me pasó a la báscula para pesarme. Ahí fue cuando me di cuenta de que había perdido 10 kilos desde que el primer doctor me había pesado el lunes. Por fin podía ver mis pies nuevamente. Aquí quiero hacer una pausa para decir que, si bien el hipo es altamente efectivo para bajar de peso no lo recomiendo en absoluto. También pienso que debí aprovechar para documentar mi caso con fotografías y dedicarme después a vender productos milagrosos para bajar de peso, pero fue una de esas oportunidades únicas que dejé pasar.

Después me acosté en la mesa de exploración y comenzó a ponerme las agujas. Estaba nervioso porque era la primera vez que me las metían. Será una primera vez que recordaré por siempre. Al menos no tuve que intentar lo del dedo, por si todavía seguían con esa duda. Me habían dicho que se sentía rico y que era relajante… lo de las agujas, digo. Pero supongo que nunca han tenido hipo cuando les hacen el tratamiento. Cada espasmo era doloroso.

Me quedé esperando a que la magia sucediera, pero no pasó nada. La doctora recurrió al siguiente nivel en la tortura y conectó las agujas a un aparato para añadir electricidad. El dolor y la incomodidad aumentaron, pero la magia siguió sin ocurrir. Creí que ahí terminaría la tortura, pero la doctora todavía quería llevarlo al siguiente nivel. Encendió un puro y “accidentalmente” dejó caer unas cenizas sobre mi estómago, o lo que quedaba de mi estómago para ese momento. El dolor me hizo moverme y las agujas electrificadas me hicieron recordar los experimentos que le hicieron a Wolverine.

La doctora sostuvo el puro sobre la zona de mi diafragma durante varios minutos. La teoría era que el calor del puro ayudaría a que se relajara. En ese momento pensé que seguramente había otras maneras de añadir calor sin tener que dejar caer cenizas sobre mi piel. Después de un rato decidió terminar con la tortura y retiró el aparato y las agujas.

Después me explicó lo dañinas que podían llegar a ser las medicinas que me había recetado el gastroenterólogo y me dijo que las dejara de inmediato y me preparó unos chochos homeopáticos para sustituir ese tratamiento. Regresé a casa sintiéndome mucho peor que antes y esa noche fue la peor de todas. El humo del puro había provocado que el hipo empeorara y se me quedó el olor impregnado a pesar de que me bañé dos veces antes de intentar dormir.

Esa noche no pude dormir por lo mal que me sentía. Y poco antes del amanecer lloré. Lloré de impotencia, de dolor y de miedo. Lloré porque creía que no se me iba a quitar nunca el hipo y porque ya no podía más con él. Y entonces el hipo se quitó y recordé las palabras del gurú de la fila de la farmacia. Y fue en ese momento en el que entendí sus palabras.

Por fin amaneció. El hipo todavía regresó algunas veces, pero duraba poco después de que me permitía llorar. Decidí que era mejor ignorar el tratamiento homeopático y continuar con el que me había recetado el gastroenterólogo. La medicina fue lenta, pero siguió haciendo efecto. El tratamiento también incluía una dieta que he tenido que seguir hasta la fecha. Mis evacuaciones tardaron todavía varios meses antes de volverse sólidas. Nunca me había sentido tan orgulloso de algo como cuando tapé el baño después de aquella crisis.

Tiempo después entendí que el hipo me había dado por querer estar en dos lugares al mismo tiempo y porque el estrés en mi vida ya había llegado a niveles alarmantes. También entendí que todo fue culpa de mi hermana por haber pedido tacos ese día… no es cierto, aprendí que debemos escuchar siempre a nuestro cuerpo y a las señales que nos da el universo. Porque llevaba mucho tiempo ahogándome en estrés, pero había decidido aprender a vivir con eso. Y mi recomendación, si de algo les sirve, es que nunca se acostumbren al dolor o a la incomodidad. Que escuchen a su cuerpo y no se entreguen al estrés. La vida no es para vivirla enojados, tristes o ansiosos.

Bien dicen que no hay mal que por bien no venga. Al final, esta crisis me ayudó a despertar y recuperar el control de mi vida. Volver a cuidar mi alimentación en lugar de comer lo que tuviera a la mano por estar demasiado ocupado. Y volver a perseguir mis sueños… ya me puedo levantar más tarde.

Mi tratamiento, como dije, duró varios meses, por lo que no me fue posible regresar a dar clases al siguiente curso. Eso me dolió porque justo ese semestre se iba a realizar la ceremonia de mis 10 años de dar clases. Eso ya no ocurrió, pero me reconfortan los mensajes ocasionales que me mandan algunos de mis antiguos alumnos.

Hace 10 años decidí que quería ser profesor porque creí que sería un trabajo que me dejaría suficiente tiempo libre para escribir (qué equivocado estaba) y porque lo considero algo noble y necesario para la sociedad. Agradezco y aprecio cada año que pasé dando clases y estoy feliz porque eso me permitió conocer a muchas personas maravillosas (tanto alumnos como compañeros) que hoy me inspiran. Pero estoy listo para regresar a mi camino inicial o al menos morir en el intento. Estoy listo para ser escritor.

Los espero en la siguiente entrada, en donde comenzaré a contarles sobre uno de mis intereses: El Tarot.

El nacimiento de Coel, parte 1

Todo empezó con unos tacos. Mi hermana había venido de visita a México después de más de dos años de no vernos. La pandemia nos había mantenido lejos físicamente, aunque la tecnología nos permitió seguir en contacto. En ese tiempo yo todavía trabajaba como profesor, impartiendo clases en preparatoria. Para esa semana el semestre ya había terminado y había tenido unos días libres, pero justo al día siguiente tocaba empezar la planeación del siguiente ciclo y eso implicaba que tendría que ir a la escuela nuevamente.

Ese domingo yo habría preferido comer hamburguesas, un antojo que suelo darme cuando requiero motivación. Pero mi hermana eligió comer tacos, desde luego. No solo tenía dos años que no nos veíamos, también llevaba ese tiempo sin probar los famosos tacos de nuestro pueblo. Porque en Montreal también se consiguen, pero no es lo mismo sin la sazón de la mugre de nuestras tierras y el sagrado sudor del taquero. Todavía me pregunto si las cosas hubieran resultado de manera similar de haber elegido un menú distinto ese día.

El lunes por la mañana me disponía a salir al trabajo, pero había pasado una mala noche por un malestar en el estómago. El evento comenzó mientras preparaba mis cosas justo antes de salir de la casa. Hipo. El hipo parece ser algo inofensivo, incluso gracioso. Se le suele relacionar con los borrachos y los niños. O con la película de Cómo entrenar a tu dragón. Uno nunca espera que dure más de un par de minutos.

Aguanté la respiración. Pareció detenerse y seguí preparándome. Volvió casi de inmediato. Un hipo testarudo, pensé, no hay razón para preocuparse. Tomé agua, pero no surtió efecto. Me espanté yo solo viendo que se me hacía tarde, pero tampoco funcionó. Un retortijón me obligó a visitar el baño una vez más antes de salir de casa. Vaya retortijón que resultó ser. Definitivamente se me había hecho tarde.

Le escribí a mi jefe para solicitarle que me permitiera conectarme a la junta de manera remota, una de esas ventajas que nos había dejado la pandemia. Durante toda la junta siguió el hipo, pero todavía no me parecía alarmante, en ese momento me preocupaba más lo que estaba pasando con mi estómago.

Pero no se detuvo en todo el día. Probé casi todos los remedios caseros que encontré, y digo casi todos porque hubo dos que o no me atreví a probar o no contaba con la ayuda adecuada para intentarlo. Los primeros remedios eran los más conocidos. Dejar de respirar, que ya había probado sin éxito. Luego intenté con el vaso de agua fría, que tampoco funcionó. Respirar en una bolsa tampoco surtió efecto. Tomar agua de cabeza, casi muero en el intento, pero tampoco fue una solución. Que me hicieran reír o me asustaran tampoco dio resultados. Para ese momento ya empezaba a desesperarme, pero los últimos dos remedios eran demasiado… poco ortodoxos. El primero consistía en tener un orgasmo, que claro, uno podría intentarlo solo con el pretexto de que se tiene que quitar el hipo, al final cualquier pretexto es bueno para eso, pero no era una opción disponible después de un día entero con hipo y con el estado en el que se encontraba mi estómago. El segundo era todavía más peculiar: Introducir un dedo en el ano. Supongo que después habría que buscar el botón de emergencia para resetear todos los sistemas del cuerpo y todo se habría solucionado, pero por más desesperado que estuviera no estuve dispuesto a probarlo, y menos con la diarrea que tenía. Ningún otro remedio había funcionado y no quería perder la dignidad con más intentos, unos días después sería lo único que me quedara (me refiero a la dignidad).

Después de tres días de hipo terminé perdiendo el sueño y el apetito, pero dejaré esa parte del relato para la siguiente semana, si es que todavía les apetece leerme. Si les da hipo mantengan la calma y cuélguense de una puerta (con las manos, no del cuello). En esos días aprendí que es el remedio más efectivo, aunque a mí solo me sirviera por unos minutos. Los espero en la siguiente entrada… de este blog, no del dedo.